La jungla de Chitwan: Rastrear un tigre

Hacía un rato que nos habíamos adentrado entre la espesura de los árboles, que aún no alcanzarían su frondosidad máxima hasta al menos unos kilómetros más adentro. Avanzábamos en fila silenciosamente, poniendo ojo en dónde colocábamos los pies y en cómo apartábamos las ramas de los árboles. Estábamos en pleno Chitwan, una reserva natural donde conviven elefantes, rinocerontes, cocodrilos, gacelas y hasta tigres. Ésta expedición tenía un fin claro: rastrear un tigre para poder verlo en su hábitat natural, con los peligros que ellos conlleva.

El entorno era boscoso y verde, cuya vegetación llegaba poco más que a la altura de la cintura. De vez en cuando nos tocaba sortear algunos troncos abatidos, cubiertos por un verdor que se derramaba hasta el suelo, dando a entender que ya hacía varios años que se encontraban en esa posición y que la naturaleza se había hecho con ese territorio trepando por sus cortezas desde el suelo hasta invadirlas completamente.

La jungla nunca estaba en silencio. Al crujido de nuestros pasos entre las hojas y el barro se le sumaban los cantos de las aves autóctonas. Entonces parábamos en seco para tratar de identificar al pájaro que había emitido ese reclamo, y más tarde continuábamos la caminata.

Llevábamos ya un buen tramo recorrido cuando Prokás nos paró en seco y nos señaló algo en el suelo con un palo, sin pronunciar palabra. Allí había claramente una huella de tigre del tamaño de un puño y medio humano. Sin embargo, aunque bien hundida y marcada, la huella se encontraba seca entre el barro, por lo que no era muy reciente. Ésto es lo que habíamos venido a buscar.

Rastrear un tigre: Huellas y olores

Seguimos avanzando un tramo más y Prokás volvió a señalar, esta vez hacia el tocón de un árbol del camino, diciendo que olía al tipo de marcaje de territorio que suelen hacer los tigres. Olía fuerte, como a acetona. Al parecer se trataba de un rastro, por lo que continuamos caminando, mucho más atentos que antes a nuestro entorno.

Alberto me comentó entonces acerca de un video del youtube donde un tigre saltaba de entre la maleza atizando a un guía y dejándole muñeco en apenas unos segundos. La verdad es que, lejos de preocuparme por mi persona, me preocupaba más por ese esmirriado guía que teníamos, casi con toda seguridad incapaz de sobrevivir ante un zarpazo de tigre, y que ya planeábamos usar de cebo si algún animal se ponía tozudo.

Seguíamos una senda incierta, avanzando entre la maleza y los arbustos, cuando de vez en cuando avistábamos la silueta de algún ciervo u otro animal, pero siempre de lejos. En una ocasión hasta pudimos contemplar el trasero de un búfalo, así tal cual.

Al rato volvimos a encontrar una huella de tigre, esta vez mucho más reciente, sobre el barro fresco. Mi mente se dividía entre dos ideas muy peleadas entre sí, y no sabía con cual conciliarse: en primer lugar la evidencia de la presencia de un tigre y la emoción que me suponía la realidad de poder ver uno salvaje en su hábitat. Por otro lado, la posibilidad de que la ilimitada usura nepalí hubiera montado todo este panorama poniendo ahí esas huellas para incrementar la sensación de aventura (una idea algo rebuscada, la verdad). Quizá es que simplemente no podía concebir que realmente estuviéramos acercándonos a uno de los animales a los que más respeto y cariño tengo.

Caminamos durante una hora más a través de una espesura mucho más verde y profunda, la maleza se encontraba por doquier y había que ir esquivando o apartando arbustos y ramas. El sol pegaba con justicia y la ropa resultaba un trapo húmedo y pegajoso. El sudor se deslizaba lentamente por mi frente, y hacía rato que no dábamos con señales de presencia de algún animal. Habíamos perdido el rastro del tigre.

Trekking por el bosque

Seguíamos, y la senda era mucho más compleja y difícil de trazar. Caminando, acabamos en unos saledizos junto al río, y fuimos cruzando a través de ellos por puentes de sacos y por terraplenes. Desde ésta privilegiada posición elevada pudimos ver un par de cocodrilos retozando tranquilamente en la orilla del río y abriendo la boca de par en par, así como una fila de elefantes cruzando diligentemente a través del mismo torrente de agua, que fluía con fuerza pero sin velocidad aparente.

Llevábamos varias horas de caminata cuando paramos para descansar un par de minutos, y así replantearnos los siguientes movimientos. El lugar estaba junto a una torre de observación militar de las que ya habíamos visto alguna que otra diseminadas por la reserva. La presencia de éstas se debe a la profusión de actividad ilegal de caza dentro del recinto, que ahora está severamente controlada, pero que hacía como veinte años era muy intensa en la zona.

Prokás nos dijo que se nos acababa el tiempo y que debíamos volver al campamento. Vitin le convenció para que hiciéramos la vuelta más amplia, rodeando el parque, aunque tuviéramos que andar más rápido. Así fue como volvimos por otro camino, bastante más complicado y sin ruta marcada, y por ello con más probabilidades de dar con algún animal salvaje.

Ya estábamos algo machacados de la rápida caminata cuando nos encontramos con la típica pareja de mediana edad de turistas vestidos de Coronel Tapioca, que iban con un guía personal. Durante un breve tramo anduvimos a la par con ellos porque los guías se conocían, lo cual no nos hacía mucha gracia.

De pronto, escuchamos unos ruidos al otro lado de un conjunto de árboles bajos de ramas espesas, y pudimos vislumbrar unas siluetas que se hallaban muy cerca de nuestra posición. Avanzábamos muy lentamente hacia ellas, y la pareja de turistas iba delante.

Sin previo aviso, la mujer, tratando de llevar a cabo un salto que ella pretendería ejecutar de forma sigilosa a modo de avance, aterrizó con brusca torpeza cerca de las siluetas, que resultaron ser ciervos, y que huyeron despavoridos apenas un segundo después de la sorpresiva aparición. Todo fueron maldiciones hacia esa mujer. Hasta su novio se arrugó en una mueca de dolor al ver tal demostración de destreza. Llevábamos horas caminando con cuidado y sigilo, escarbando entre la maleza y operando con precisión para que en cinco minutos que pasábamos junto a otros tipos nos chafaran la sorpresa.

Derrotados, hicimos el último tramo del trayecto empapados en sudor y con la ropa impregnada de telarañas, barro y otros enseres junglísticos. Pero, sobretodo, muertos de hambre. Parece que nos habíamos quedado sin ver el tigre, finalmente.

Un rato después salíamos por uno de los pasos que daban entrada a la jungla, ubicado junto al río que habíamos cruzado la primera vez para acceder al lamentable criadero de elefantes, y desandábamos el camino hacia el jeep. Aquí curiosamente nos encontramos con que estaban filmando una película, y pasamos junto al equipo de rodaje y la protagonista nepalí, que era una verdadera preciosidad. Por desgracia su actitud dejaba mucho que desear, hasta el punto de resultar bastante repelente.

El jeep nos devolvió al hotel, y Prokás nos indicó que teníamos comida esperándonos en el lugar donde habíamos desayunado. Como de costumbre, nos prepararon un Dhal Bhat (verduras, ensalada de patatas y arroz con pollo, todo con salsa picante) que era tipo buffet. Y como de costumbre, comimos como si no hubiera un mañana, repitiendo varias veces. Prokas asomaba su macilento cráneo de vez en cuando, con gesto tenso, indicando que debíamos darnos prisa porque nos perderíamos un paseo en elefante que se supone que íbamos a hacer. Yo eché un buen zurullo en uno de los baños infectos que había en el local antes de salir, que eran para no perdérselos. No sé qué me pasa con los baños pero ejercen una atracción especial en mí, sean una cochinada o no tengo que jiñar en ellos.

Luego nos costó volver al jeep, tras tanta comida, pero al final lo hicimos. Nos despedimos de Prokás, que resultó ser un tipo muy amable nada acorde con su terrible aspecto inicial. Para que veáis lo que hacen las apariencias. Cuando íbamos a subir al auto, Alberto se negó y dejó claro que él no iría, ya que no quería hacer sufrir al elefante en un paseo innecesario, y se quedó en una hamaca del hotel echando una siesta frente al río mientras nosotros salíamos hacia el lugar.

El jeep nos llevó hasta una árida explanada con algunos puestos extremadamente turísticos llenos de paquetes de galletas, bebidas y otras cosas deleznables. Para llegar al paseo ascendías unas inestables escaleras de madera hasta una plataforma que daba al elefante y allí nos subieron a los tres, bastante apretados, en una especie de jaula que iba montada sobre el pobre animal. Aunque podía ser peor. Podríamos haber ido hechos puré como como los que iban delante, donde una especie de niño ario sobrecrecido hacía balancearse a la jaula, desestabilizándola peligrosamente en su dirección.

Paseos en elefante: no los apoyes

Me arrepentí al minuto de no haber seguido a Alberto, y dejado a un lado ésta estúpida expedición. Era una situación infrahumana, una actividad puramente turística, que además hacía un flaco favor a la fauna de allí. Encima, para culminar, el guía del elefante iba atizando al animal en el cráneo de vez en cuando para que le obedeciera, y daban sinceras ganas de arrebatarle el palo para introducírselo por el ano.

Creo que éstas cosas son las que nos enseñan a valorar realmente lo que tenemos, y yo, siendo un firme defensor de los animales, siento que aquello era lo peor que podía haber hecho. Pero es así como entendemos las cosas: cuando fallamos. Yo siempre he estado en contra de éstas cosas, pero éste momento fue bastante significativo en mi vida, porque desde entonces decidí que sería radical con ello. Podéis leer más al respecto sobre lo que producen éste tipo de paseos y actividades en éste artículo de aquíNo más sufrimiento animal.

El paseo duró poco más. Cruzamos a través de jungla y los ríos y llegamos de nuevo al “puerto de elefantes”. Una vez bajamos del animal atravesamos de nuevo la explanada hasta la última caseta, cercana a los jeep, donde pedimos un té con leche hasta que llegara nuestro conductor a recogernos.

Éste no tardó en aparecer, y tuvo la amabilidad de concedernos unos minutos para finalizar con calma el té. Agradecimos el servicio a los propietarios del puesto, que fueron muy simpáticos, y después nos montamos en el auto. En unos minutos alcanzamos el hotel donde Alberto descansaba plácidamente, y tras los últimos arreglos nos dirigimos en nuestra furgoneta de nuevo a Kathmandu.

Graduado en Turismo, mis mayores pasiones son viajar por el mundo y practicar artes marciales. Buscador de aventuras y experiencias, otras de mis aficiones son el diseño gráfico, bucear, el snowboard, los cómics y la escalada.

1 Comment on "La jungla de Chitwan: Rastrear un tigre"

  1. Jajajajaja el momento de la casi caída en las heces fue muy tenso, doy fe. Era como estar suspendido dentro de un asiento inestable sobre un váter gigante y lleno de trozos de caca gigante, pues el pequeño lago adyacente era redondo. El pobre elefante nos salvó del mal paso de caer allí, gracias a dios, nunca le olvidaremos. buena entrada Manu

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