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Cuando ellos no deciden

Imagina que en tu viaje por Filipinas conoces a una chica joven y simpática que te invita a salir de fiesta con sus amigos esa noche. Se llama Gina. Vive con su novio australiano en un condominio de lujo, paga sus facturas con diligencia y tiene una suscripción en un gimnasio de alto standing al que acude con regularidad. En esa fiesta lo pasas maravillosamente y la gente es, como suele ocurrir en Filipinas, de lo más acogedora. A la hora de pagar, ella hace un ademán con la mano y se encarga de la factura de todo el grupo.

Sorprendido, se lo agradeces profundamente y ella sonríe sin darle mayor importancia. Sus amigos la idolatran. De todas formas, este tipo de gestos no son raros en ella. Dicen que es tan hermosa por fuera como lo es por dentro. De hecho, dedica parte de su dinero a donaciones para orfanatos y causas benéficas, y lo hace con regularidad. Al final del día, como sucede en la mayoría de los casos, os acabáis dando el teléfono o el Facebook y, tras esa fantástica noche de fiesta por Cebú, os mantenéis en contacto de vez en cuando.

Lo que ves en las noticias un mes después, sin embargo, hiela la sangre en tus venas. Han detenido a una mujer en la isla de Malapascua, el nombre no te suena. Tú la conoces por Gina. Otros la conocen por Shannon, pero ni uno ni otro es su nombre verdadero. El NBI, la Oficina Nacional de Investigación de Filipinas, ha dado con ella tres meses después de que se emitieran dieciséis órdenes de arresto por parte de la corte de Cagayan de Oro. Pocos podrían haberse imaginado que Gina, esa chica tan dulce que conociste aquella noche, es en realidad una depredadora que llevaba años torturando y abusando sexualmente de niños en Mindanao como parte de un negocio muy lucrativo que llevaba por internet junto a su novio australiano. De ese dinero se pagaron tus copas.

El caso de Gina no es aislado, sino uno de tantos. El abuso sexual de menores en Filipinas es uno de los peores y más terribles males que asolan el país. En 2011 se descubrió el primero de muchos que sobrevendrían después. En aquel momento, la policía filipina irrumpió en una casa para encontrar tres menores desnudas en una cama y a su madre, al otro lado de la habitación, escribiendo en el ordenador mientras los rostros luminosos de tres hombres blancos brillaban en la oscuridad del dormitorio.

Aunque el caso se archivó como un suceso aislado, un mes después tuvo lugar otro similar. Y después, otros. Poco más tarde se descubrió que comunidades enteras empobrecidas habían comenzado a generar dinero a través de este horrible negocio, y lo que es peor, que eran los propios padres los que vendían la privacidad y la sexualidad de sus propios hijos. La agente infiltrada en los suburbios gracias a la que se destapó el caso de 2011 se mostraba sorprendida ante la situación “Es la primera vez que nos encontramos ante padres que abusan de sus propios hijos”.

La pobreza en Filipinas no es una novedad, y a pesar de todo el país crece económicamente un 7% anual. Se trata de una de las grandes economías florecientes del sudeste asiático, pero así como se genera riqueza entre las clases adineradas, la precariedad y la escasez es rampante entre los pobres. La clase media es apenas inexistente. La desigualdad, abismal. El caldo de cultivo perfecto para negocios de esta calaña.

La industria del cybersexo de menores no es nueva, pero en el caso de Filipinas, su imparable ascenso con respecto a los países vecinos se fundamenta en un rasgo esencial: El idioma. En Filipinas casi todo el mundo habla inglés, mejor o peor, lo que facilita una via directa de comunicación con los paises anglosajones. Y en este momento de nuestra historia, donde la velocidad de internet es cada vez mayor, los teléfonos más baratos y con más funciones integradas, y las transferencias bancarias conocen menos límites, hacerse con un negocio similar en el propio hogar no es difícil. Ni siquiera para los más pobres, entre los que se ve como una escapada de esa precaria situación. Sobretodo si esta industria, según las Naciones Unidas, vale ya más de un billón de dólares y sigue en imparable expansión.

El hecho de que sean las propias familias las que ponen a sus hijos en tan terrible situación sólo complica más el caso, ya que las ley les ampara. No se trata de sindicatos o mafias organizadas, que pueden ser rastreados de una manera u otra. El negocio se lleva a cabo de puertas para dentro, en el hogar, y los que se encuentran fuera poco saben de lo que ahí ocurre, o no les interesa hablar de ello. En el caso de 2011, Nicole, una de las niñas rescatadas, no sintió que hubiera sido salvada, sino traicionada por aquella agente que se ganó su confianza para denunciar luego el caso. He ahí el hecho más terrible: Los niños no culpan a sus padres. Para ellos, este es tan normal como cualquier otro trabajo, y de hecho es común en el vecindario y entre el resto de los niños. Para ellos no existe un crimen. Y es por eso que jamás testificarán en contra de sus padres en un juicio.

Podemos ver cada día que la globalización está eliminando fronteras por todas partes. El acceso a internet y a la información es cada vez mayor, y es imposible controlarla en su totalidad, lo que resulta terrorífico. Pero el problema esencial que genera casos como estos no lo tiene sólo internet, sino también la sociedad actual. La sobre exposición de los más pequeños ante internet a través de las redes sociales, el entendimiento de las mismas como una expresión social que prima por encima de la moralidad, la necesidad de reconocimiento o simplemente la ignorancia ante la realidad de cómo estas se expanden cuando retiramos la mirada causa un impacto incalculable.

Por supuesto, uno de los grandes protagonistas es la educación. O mejor dicho, la carencia de ella, especialmente en los núcleos más empobrecidos. En Filipinas los profesores de escuela pública son de los peores pagados: aquellos con la tarea de mostrarle el camino a los más pequeños cobran por debajo de los 300 euros mensuales. Aunque el presidente Duterte ha afirmado que tras el aumento salarial de las fuerzas del estado los siguientes serían los profesores, ésta medida aún no ha quedado en negro sobre blanco. La promesa de contratar a 57.000 nuevos profesores y garantizar la cancelación de tasas estudiantiles para los que se demuestren en situación de pobreza  en 2017 aún queda pendiente.

A pesar de la dura pelea de la Interpol contra los consumidores de estos servicios, cuya mayoría se encuentran en el extranjero (Europa, América y Australia, esencialmente), los casos continúan creciendo. Se reportaron 57 en 2013, con un aumento a 90 en 2014 y 167 el pasado 2015. Lejos de mejorar, la situación va a peor.

Además de esto, la ausencia de una educación sexual apropiada, la falta de información sobre los peligros de internet y los efectos tan dañinos que todo esto genera repercuten negativamente en el entorno social de las próximas generaciones. Y, con respecto a educación, no hablo realmente de menores, sino de adultos que necesitan comprender, a pesar de sus condiciones económicas, la gravedad que estas actividades implican en la salud física y mental de sus hijos.

Cuando se le preguntó a la madre de Nicole si sentía remordimientos por lo que había hecho, ella respondió tajante que niega los cargos contra ella. Aunque afirmó que le tocaba sufrir, lo más escalofriante fue la tranquilidad de sus siguientes palabras. “No pienso mucho en el caso. Tengo fé en Dios“. Pero la fé no es lo importante ahora. La educación sí lo es.

Graduado en Turismo, mis mayores pasiones son viajar por el mundo y practicar artes marciales. Buscador de aventuras y experiencias, otras de mis aficiones son el diseño gráfico, bucear, el snowboard, los cómics y la escalada.

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