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El Everest desde el lado tibetano

Everest

Las áridas y pedregosas estepas del Tíbet se extienden ante el traqueteante automóvil, el cielo pierde su luz saturada de azul para desgastarse en un pálido gris y el fuego del crepúsculo se funde como metal candente con las rojas tierras más allá de la línea del horizonte. Han pasado en torno a diez horas en las que nos ha dado tiempo a parar, tomar té de nuevo, echar un paquete en el baño, leer en la furgoneta, escuchar música, dormir, bajar, admirar el paisaje, volver, mear, seguir… estamos cansados, exhaustos. Gran parte del recorrido nos ha deteriorado enormemente, pues durante alrededor de dos horas hemos circulado por un camino de cantos, guijarros y pedrolos oscuros. La exigua amortiguación del automóvil ha hecho su parte en ésta carretera, partiendo nuestros cráneos contra las ventanillas y haciéndonos dudar de si la Tartana aguantará y no nos dejará tirados en cualquier momento.

Durante las últimas horas apenas cruzamos poco más que solitarios parajes montañosos. Al principio el cielo es azul y la piedra gris, y es entonces cuando el parque natural de Qoomolangma, “madre del universo” como lo llaman los locales; Sagarmatha los nepalíes o Everest en occidente, nos da la bienvenida desde su triunfal arco repleto de banderillas de plegarias. Los nervios recorren y escalan mi espalda como una corriente eléctrica. Otro sueño cumplido se acerca, que es ver la grande entre las grandes desde la humilde falda de su hogar.

Qoomolangma Everest Camino al Everest

En un momento dado de éste viaje paramos en un pueblucho perdido donde la gente aún es tibetana y las caras pálidas les sorprenden. Lhakpa y Chenó (el conductor) apagan el contacto y les ayudamos a descargar los sacos de la furgoneta, que arrojan al suelo en mitad de la nada. Los muchachos del pueblo ya saben qué hay dentro de los harapientos fardos y esperan pacientemente.  Lhakpa y Chenó vacían de un golpe seco el contenido, y de su interior caen pantalones, camisetas, sudaderas y otras prendas. Cuando entramos en la furgoneta, aún podemos verles lanzarse sobre los ellos mientras se pelean (literalmente) por los regalos recibidos. Hay cierta desesperación en sus rostros y ésta actividad, que debía ser enriquecedora, deja un resultado algo triste. Esos muchachos están claramente necesitados, pero en ése momento poco se puede hacer.

Las luces del auto se encienden y el día se apaga, el dificultoso camino repleto de salientes, ascensos y caminos estrechos continúa y distinguimos entre los frugales retazos de luz alguna que otra liebre escapando. Al rato abandonamos la pedregosa vía y una carretera más agradecida se desliza bajo las ruedas, dándonos un respiro. Estamos en el viejo Tingri y el Everest ya no queda lejos.

Una noche en Old Tingri

La furgoneta renquea entre las abandonadas calles de Tingri, que nos recuerda a una de esas ciudades del Oeste texano, pero rodeada de picos blancos y con la diferencia de que se encuentra a casi cinco mil metros de altitud. Para entonces, nuestra adaptación a ésta es absoluta.

Revisamos la guía que llevamos y decidimos dejar a Lhakpa conducirnos al lugar que sugiere, que es el Snow Leopard Guesthouse. Deben ser cerca de las once de la noche y no queremos liarnos eligiendo un lugar, además de que la idiosincrasia de la pequeña ciudad no sugiere que haya mucha oferta turística. El lugar convence, pues es un tugurio encantador que más tibetano no puede parecer, pero por lo visto no les quedan habitaciones para seres humanos y nos toca dormir en una especie de granero para endriagos y esperpentos donde hay grietas, escombros por el suelo y las paredes descorchadas pierden sustancia de forma alarmante. Aún así, me sigue pareciendo mucho más confortable que aquel lugar en el lago Nam donde lo pasé tan mal.

Snow Leopard Tingri Snow Leopard Tingri

Louist se revuelve, descontento. Algo no le cuadra en éste feo asunto, aparte de que el lugar no es ni mucho menos plato de buen gusto para él. Decide agarrar su guía y repasarla con la esperanza de que algo se podrá hacer para no pernoctar ahí, y es por eso que revisa una y otra vez las páginas de la Lonely Planet que ha traído. Entonces ve algo que le sobresalta, sus ojos se abren como platos y las venas recorren su sien, palpitantes. La punta de su dedo índice subraya un pasaje que antes habíamos pasado por alto y él lo recita, aumentando el volumen de su voz, iracundo, como si de un salmo se tratara: “¡Los guías turísticos tratarán de llevar a los clientes a éste lugar…” – brama incrédulo – “…YA QUE LES OFRECE COMISIÓN Y ALOJAMIENTO GRATIS!“. Entonces se cala el gorro, se revuelve de nuevo y tras un toma y daca entre nosotros, a petición suya decidimos volver a la furgoneta a buscar un hostel más preparado (que los hay) y por un precio similar o más barato (que no los hay).

La búsqueda acaba con un Lhakpa muy enconado por obligarle a volver al auto a tales horas a buscar algún lugar donde dormir cuando él nos había ya colado el suyo. Son más de las once de la noche y no conseguimos hallar un lugar que se adapte a los deseos de Louist, pues la mayoría están cerrados o completos y al resto de nosotros dormir en cualquier parte más o menos nos la trae al fresco. Llegado el momento, encontramos uno bastante más caro que el nuestro pero razonablemente más preparado, y a pesar del eminente mosqueo de Louist decidimos que no queremos quedarnos. Preferimos no gastar en lujos innecesarios cuando sólo pasaremos una noche antes de ir al Everest y apenas necesitamos una cama cómoda. ¿Qué es eso de dormir en un colchón mullido con aire acondicionado en medio de la estepa tibetana? Mejor el criadero de ratas.

Tras volver al Snow Leopard y a nuestra habitación-granero y habiendo desperdiciado alrededor de una hora de sueño, descargamos de nuevo el equipaje y oímos murmurar improperios a Lhakpa, que probablemente bien podrían tener que ver con nuestras madres. Cenamos pobremente en el lugar, y es entonces que algo sucede. Lhakpa viene preocupado a anunciarnos problemas. Al día siguiente hacemos el trekking al campo base del Everest, pero al parecer las carreteras están cerradas por un fuerte temporal, además la furgoneta no está equipada para sortear hielo o nieve (cosa que no entendemos, pues se supone que el vehículo lo habíamos contratado para estar adaptado a ésta aventura). Conclusión, si al día siguiente la cosa está igual, no podremos hacer la aventura fundamental de éste viaje.

Tingri

Rongbuk, el pueblo bajo el Everest

El día siguiente amanece radiante, luminoso y blanco. Hay buenas noticias: han abierto las carreteras aunque el día es algo inestable en los altos valles del Everest, y puede empeorar en cualquier momento. No esperamos a que eso ocurra, así que cargamos la furgoneta y nos dirigimos hacia allá inmediatamente.

Vuelven los caminos empedrados pero los hacemos repletos de felicidad, nervios y emoción. La estepa previa al complejo montañoso transforma la tierra a su alrededor, de arena grisácea a piedras, de piedras a riscos y de riscos a elevados valles. Los picos se alzan, las lomas se empinan y la nieve impregna las rocas. Entonces, aquella que esperábamos se asoma entre sus hermanos. Los valles le dejan sitio y el collado norte de la montaña más alta del mundo aparece limpio y claro. Las carreteras serpenteantes dejan de ondular para permitir una visión más amplia de ella, la madre, Qoomolangma, Everest; se alza al fondo como un gigante mitológico que estuvo antes que nosotros y estará mucho después de que nos hayamos ido.

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La furgoneta aparca en un parking del pueblo de Rongbuk, un ínfimo complejo de blancas casas bajas y desgastadas junto a una pequeña stupa que da paso al gran collado. Al bajar, nos equipamos convenientemente; el frío es intenso y el viento sopla con fuerza. Entramos en una pequeña taberna y nos sentamos en uno de los sofás. Pedimos té, arroz con tomate, huevos fritos y pollo y unos momos, ya estamos hartos de comer siempre lo mismo, pero no hay más variedad, que se le va a hacer.

Durante la comida nos sorprende la cantidad de uruguayos y colombianos que pueblan las mesas colindantes. Beben y comen con avidez, ríen fuerte y disfrutan. Se les nota a la legua la sangre latina y sonreímos y nos unimos a algunos de ellos. Hay un par de niños uruguayos de un pelo exageradamente dorado que no tendrán ni quince años, pero ya contemplan con sus ojos la montaña más alta del mundo. Pienso entonces si ése niño será consciente de la magnífica suerte que tiene, pues no creo que haya muchos occidentales en el mundo que a ésa edad hayan podido presenciar lo que él. Hablamos un rato con su padre sobre cómo está el tema, pues al parecer los guardias chinos no permitirán el paso más allá del primer campamento debido a un temporal del que no vemos mucho rastro. No nos importa, queremos ir igual y ver hasta dónde podemos llegar. El lado tibetano es bastante más restringido que el nepalí en cuanto a visitar la montaña se refiere, pero eso es precisamente lo que nos gusta.

Everest

El trekking hasta el Everest

Una vez con el buche lleno, las energías cargadas y el equipo preparado, salimos de la taberna con una advertencia del infelíz de Lhakpa: nos indica que no lleguemos siquiera al campamento de tiendas o los guardias nos detendrán y a él se le caerá el pelo. Éste señor lleva aguándonos -y troleándonos- el viaje al completo desde que hemos comenzado, así que asentimos sin hacerle mucho caso y dirigimos nuestras pisadas hacia el collado.

Los pasos son firmes y el viento frío nos corta las mejillas. Subo el cuello de plumas de mi gran chaqueta para cubrirme un poco mejor y me calo un poco más el gorro. El camino es espectacular y ondula entre las potentes lomas del valle reflejando el brillo de un sol que no calienta. No hay palabras para describir tal belleza, la perfección del corte silueteado de la montaña, el silencio absoluto en la garganta nevada que recorremos, esos momentos de sosiego… Nadie habla entonces, todos pensamos, todos sentimos. Al fondo, la montaña se hace más grande e imponente y sus tonos azulados se endurecen.

Avanzamos durante una hora y discernimos a lo lejos un campamento. Sospechamos que el punto que Lhakpa nos indicó había pasado ya hacía tiempo. Llegamos a ése campamento al que Lhakpa dijo que nadie llegaba, pero allí nos reciben los querubinescos niños uruguayos danzando junto a su padre y su guía tibetano. Nos cuentan que no hay problema en avanzar, que hay más gente más adelante. La ruta puede hacerse hasta el Monasterio de Rongbuk, a unos kilómetros del Campo Base. Aunque Lhakpa es más falso que Judas macabeo y miente más que habla, sí es cierto que ese día no es posible llegar hasta el Campo Base por el temporal. Decidimos ir hasta Rongbuk y de ahí ver qué pasa.

everest trekking rongbuk

El avance nos lleva hasta los hitos que marcan la subida hasta el monasterio por unos repechos poblados de saledizos de piedra. Me he desmarcado del grupo para fotografiar la zona pero también para estar solo. Éste momento es muy personal y mío, y quiero que mi espíritu lo disfrute y se alimente de él en soledad. Asciendo cada escalón con cierto pesar. Son cinco mil quinientos cincuenta metros de altitud, punto en el que empieza lo que se llama altitud extrema, y cada paso es algo más difícil de dar de lo normal. Es aquí cuando comprendo la gran hazaña de ascender un ocho mil: No es únicamente la preparación física, es el reto sobrehumano de soportar las condiciones de una altitud mínima de más de cinco mil metros que sólo va en crecimiento tanto en altura como en esfuerzo.

Cuando llego al punto más alto del monasterio, se me saltan las lágrimas. Everest está muy cerca y muy lejos a la vez. Siento que he cumplido un sueño pero sólo en parte, pues me gustaría poder tocarlo y estar ahí, ascenderlo, pisarlo. De pronto desearía ser alpinista y ascender ocho miles, superar retos y desafiarme a un nivel extremo, ver el mundo desde una cima así… Aunque soy deportista y hago actividades de riesgo, ésta no se encuentra entre ellas. La idea de formarme en alpinismo cobra fuerza en ése momento y se conserva en mi cabeza para futuros proyectos, no cercanos pero presentes como tantos otros que me he planteado y he cumplido.

El momento es único. El silencio, sólo el silencio. La quietud lo abraza todo, el Everest me mira y le devuelvo una mirada de adoración. Durante unos minutos que parecen horas éste diálogo silencioso se procesa entre mi corazón y el de la montaña. No existe nada más en torno a nosotros en ese punto perdido, helado, mágico y sobrenatural que es el lugar más cercano al techo de éste, nuestro mundo.

Everest north face

Graduado en Turismo, mis mayores pasiones son viajar por el mundo y practicar artes marciales. Buscador de aventuras y experiencias, otras de mis aficiones son el diseño gráfico, bucear, el snowboard, los cómics y la escalada.

5 Comments on "El Everest desde el lado tibetano"

  1. ¡Qué chulada! ¡Yo quierooo! uno de mis destinos soñados… Tiene que ser increíble pisar y respirar el aire del Himalaya, el techo del mundo. ¿Sabías que en Granada, cara sur de Sierra Nevada,tenemos un mini-Tibet? Una comunidad de budistas llamada los O Sel Ling. Me he acordado al ver las fotos de las banderitas de colores…
    ¡Un abrazo enorme de la cosmopolilla!

    • Pues no tenía ni idea! jajaja habrá que hacerles una visita…
      Es que aquello es una pasada. Aire fresco, colores más claros y vivos… es otro mundo. ¡No lo dudes, Patri, ve en cuanto puedas!
      Un abrazote mu grande 🙂

  2. ¡¡ Que buenos recuerdos !! Tibet ha sido uno de los mejores viajes que hemos hecho en nustra vida.

  3. Genial el post!Madre mia, menudo el guía, y que grietones en la habitación! … ese viaje ha de ser durete, requiere preparación?
    Vamos,en pocas palabras y resumiendo, yo no sé si seria capaz, por eso el preguntarte si había alguna chica por allí realizando el trekking hacia el Everest, Menudo subidón el encontrarte de frente y estar ante la montaña más alta del mundo!!!!
    Un abrazo mío y de David!! y síguenos contando así de bien tus aventuras!!

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