La jungla de Chitwan y los falsos criaderos

Estábamos al límite con el tema de los visados, pero no valía la pena seguir preocupándose. Teníamos que arreglárnoslas sobre la marcha e ir decidiendo, vistas las circunstancias. Si aún quedaban dos días para aprovechar, teníamos que aprovechar ese tiempo al máximo: Queríamos viajar a la jungla de Chitwan.

Sin perder un segundo, nos dirigimos de nuevo a la agencia de Puru cruzando un ligeramente menos bullicioso Paknajol Marga hasta la rotonda y adentrándonos en el Thamel de los pubs irlandeses y las agencias de viaje, que es donde se encontraba éste lugar que comentamos en la entrada anterior.

Allí, en un momento, decidimos pagarle por una furgoneta que nos llevara al día siguiente a la mencionada jungla de Chitwan, ubicada al sur del país. Se trata de una reserva natural de casi mil kilómetros cuadrados donde viven elefantes, rinocerontes, ciervos e incluso tigres. También pagamos un vuelo a través de los himalayas para el día después.

Más animados por la perspectiva de los nuevos planes, salimos a cenar de nuevo al Mythos para ir pronto a la cama, pues la furgoneta que nos llevaría a la jungla nos vendría a recoger a las tres de la madrugada.

En esto que estamos pidiendo la comida en la terracilla cuando nos percatamos de que un tipo indio está comiendo en la mesa de al lado y poniendo la oreja en nuestras conversaciones. No sé cómo llegó la cosa a ese punto, pero el tipo se acopló de manera inminente a nosotros y comenzó a hablarnos de temas turbios, como la pena de muerte por drogas y prostitución en Singapur. Cuanto más tiempo pasaba, más se le llenaba la boca de guarrerías y más lascivo se volvía. Así acabo siendo investido con el título nobiliario de “indio putero”.

La cosa se descontroló cuando comenzó a llamar a Pablo “party boy insinuando algo así como que tenía pinta de ser el más desmadrado de los cuatro. Pablo tardó bastante poco en odiarle, y sacaba el tema con recurrencia aún cuando el indio por fin se había largado.

Tras una cena rápida volvimos al hostal por unas calles nocturnas cuya actividad canina comenzaba a bullir, como al parecer sucedía a diario. Apenas habíamos dormido tres o cuatro horas escasas en esas camas de hormigón cuando el despertador sonó con un desagradable politono. Todos tuvimos la oportunidad de maldecirlo en silencio. Nos fuimos levantando sin mediar palabra, sin apenas saludarnos o hablar entre nosotros. El sueño todavía estaba ahí, flotando en el ambiente. Y yo personalmente tengo despertares muy malos, necesito mi tiempo de adaptación.

Cuando bajamos al porche del hostal, el poco fiable guardia de seguridad que se dormía constantemente en sus turnos nos abrió el portón, y salimos a las solitarias calles nocturnas de Thamel. Allí no había ni un alma, ni siquiera perruna, y corría el viento fresco que se percibe previo a la alborada, contrastando con las cálidas temperaturas del día.

Un consumido conductor apareció al poco rato, aparcando en la acera de enfrente, y nos introdujimos rápido en el automóvil. Era la primera vez que los cuatro cabíamos sin problemas en un vehículo nepalí, una buena furgoneta roja y grande. Teníamos espacio de sobra incluso para recostarnos un poco. Todo un lujo. Yo no dudé en tumbarme contra la pared interior y agaché la cabeza hacia mi asiento en mi clásica posición de brazos cruzados, y no tardé en caer dormido.

Viajando a la jungla de Chitwan

La carretera era infernal, repleta de baches que hacían probar la suspensión del coche constantemente. Sin embargo, estaba demasiado cansado como para que ésto me impidiera dormir. De vez en cuando abría los ojos ligeramente al notar cómo la furgoneta se paraba, para comprobar que se trataba de algún control policial rutinario a lo largo del viaje. Éstos controles a la búsqueda de drogas y sustancias ilegales son algo bastante común en el país a cualquier hora del día.

Tras un par de horas de carretera, los primeros haces de luz íban rallando el día y a su vez despertándonos. Unos íbamos más dormidos que otros. Para entonces ya nos encontrábamos en medio de un valle impresionante, muy verde y húmedo, atravesado precipitadamente por el correr del río y la tortuosa carretera que circulaba junto a él. El paisaje era realmente espectacular, y a pesar de la espesa niebla matutina, se podían ver claramente los jirones anaranjados que el sol arrancaba al cristalino azul del cielo.

El resto del viaje se hizo más o menos ligero. El paisaje íba cambiando, la carretera serpenteaba entre las montañas cruzando algún pequeño pueblo, para más tarde dejar paso a unas llanuras menos sinuosas. El último pueblo antes del parque se llama Sauraha y aquí ya pudimos comprobar que la distribución y la construcción de las chozas se asemejaban mucho a las construcciones africanas.

El conductor nos llevó hasta un pequeño hotel con vistas a un río, que es donde debíamos encontrarnos con nuestro guía de la reserva. Salimos del auto despidiéndonos del enmudecido hombre y entramos al edificio. Preguntamos al recepcionista y nos pidió los datos personales para asegurarse de que éramos nosotros. A pesar de que ya estaba pagado, el hombre nos lo preguntó a ver si nos la colaba y volvíamos a cascar pasta. Es el estilo de aquí. Después nos pidió que esperáramos un par de minutos hasta que llegara el guía y éste no tardó en aparecer.

Allí de pie se encontraba un descarnado hombre del que probablemente se habla en antiguas leyendas nepalís. Un hombre del que se ha hecho mito; un mito del que se ha hecho historia: Nuestro guía Prokás.

Prokás era un esquelético hombre al que la ropa le quedaba al menos dos tallas por encima de lo que debería. Llevaba el cinturón atado de forma que, incluso apretado hasta el último agujero, la correa restante le daba dos vueltas a la cintura. Su rostro era huesudo y los ojos proyectaban una torva mirada, hundidos bajo una frente prominente. Sobre este insólito cráneo afloraba un oleoso pelo que llevaba peinado con la raya en medio. Éste tipo nos dió la mano con una sospechosa sonrisa, que inspiraba poca o ninguna confianza. Él era quien debía guiarnos por la jungla y saber tratar con los animales si teníamos algún encontronazo violento con alguno. Yo lo tenía claro: si eso ocurría íbamos para el otro barrio de cabeza.

Tras un abundante desayuno en el hotel (incluido), Prokás vino a buscarnos de nuevo para llevarnos al centro donde crían a los elefantes, antes de dirigirnos hacia la zona de la jungla. Para llegar allí subimos a la parte trasera de un jeep que nos llevó entre los arenosos y polvorientos caminos de Chitwan. La experiencia de ir de pie en la parte trasera de un jeep cruzando los poblados y los campos a toda velocidad en medio de una especie de sabana era cojonuda. Aunque de vez en cuando la presencia de aquel extraño hombre entre nosotros, que también se había subido y seguía sonriendo de forma inquietante, resultaba incómoda.

El falso criadero de elefantes

En apenas diez minutos ya habíamos llegado al lugar. El jeep paró junto a una pendiente y bajamos por un terraplen arenoso, para después atravesar un río de poco caudal por un puente hecho mediante sacos de cemento y palos atados. Una vez al otro lado avanzamos por unos caminos verdosos hasta llegar al criadero, que se trataba de un gran campo abierto con una cancela baja hecha de madera, y allí se encontraban los elefantes. Encadenados. Entramos en un pequeño recibidor donde unos carteles explicaban brevemente el procedimiento de crianza, y luego salimos por la otra puerta a éste campo.

Aquello no era lo que se nos había prometido. Estábamos bastante incómodos y descontentos por la situación de los elefantes. Y no era para menos. Al parecer les dejaban unas pocas horas al día de libertad, para luego a eso de las cuatro de la tarde volver a amarrarles en ése área el resto del día. De hecho, el daño psicológico de los animales llega a ser perceptible. Aquello no era un criadero real de elefantes, sino puro negocio para atraer turistas. Sin embargo, nos parecía demasiado extraño para ser un parque natural oficial del estado. Como a ninguno nos gustaba contemplar ese espectáculo deprimente no tardamos en salir de ahí.

Después de que Prokas saliera a buscar a otro hombre y volviera con él, nos guió por un sendero de hierba alta que daba hasta una de las zonas por donde la jungla se hacía frondosa, una de las entradas a la misma. Ahí se paró en seco para explicarnos una serie de precauciones que debíamos aplicar a lo largo de la expedición y en caso de encontrarnos con determinados animales.

Aquí comencé a emocionarme, porque la base real que compartíamos a la hora de hacer ésta expedición era, esencialmente, seguir el rastro de los tigres, que son bastante difíciles de ver, y conseguir dar con uno.

En primer lugar nos dijo que ante todo debíamos actuar en silencio, hablar en voz baja y movernos con cautela y suavidad. Procurar no hacer ruido, mirar dónde pisábamos y estar pendientes constantemente de nuestro alrededor para no llevarnos sorpresas. Y sobretodo no andar removiendo la vegetación para no alertar de nuestra presencia.

En caso de los tigres, si alguno aparecía al paso, debíamos mirarle fijamente a los ojos y retroceder lentamente sin quitar la mirada. Ésto es una señal de respeto y deferencia hacia la posesión del territorio del animal, y técnicamente puede ayudar a evadir una situación de peligro. Aunque estamos hablando de un tigre, por lo que no hay seguridad completa de que funcionara.

Por otro lado, también nos advirtió en caso de que un rinoceronte se pusiera agresivo. Éstos esprintan hacia su objetivo para embestirle. El método para evitarlo era o bien corriendo en zig zag, ya que éstos animales son prácticamente incapaces de cambiar de dirección en movimiento, o bien ocultándose tras algún árbol o una roca.

Tras explicarnos que el otro hombre que venía con nosotros vigilaría al grupo desde la retaguardia mientras él lo lideraba desde la vanguardia, nos adentramos silenciosamente hacia la jungla de Chitwan, atentos a nuestro alrededor.

Graduado en Turismo, mis mayores pasiones son viajar por el mundo y practicar artes marciales. Buscador de aventuras y experiencias, otras de mis aficiones son el diseño gráfico, bucear, el snowboard, los cómics y la escalada.

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