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La vida hasta hace nada

Boi he did it

El mundo se había vuelto a parar. Podía sentirlo en la sangre que corría por mis venas alterada, necesitada de estímulos. Cuando esto ocurría, mi cabeza volvía a bullir con ideas de viajes, montañas lejanas, templos perdidos, caminatas por la jungla… Cuando esto ocurría era hora de reiniciar.

Así venía pasando desde antes del pasado mes de Septiembre. Casi un año en Filipinas me había concedido esa pausa que necesitaba para ganar dinero, retomar el control de las cosas e inflarme a ideas de todo tipo. Como un pájaro con el ala rota, los últimos meses me habían servido para curarme. Ahora las plumas habían crecido de nuevo, los tendones recuperado su resistencia, los músculos, fortalecido. Volvía a estar a plena potencia.

El trabajo, por otra parte, empezaba a ser una carga de nuevo. Había regresado a las jornadas laborales de ocho horas (algo más, en mi caso), a la libertad del fin de semana y a la arrolladora realidad de los lunes por la mañana. Por cierto, para los que preguntásteis: El trabajo desempeñado era administrativo. De esos de manda un email, manda dos. Arregla esto en el sistema. Corrige esa plantilla. Esto para el departamento de cuentas. El departamento de cuentas la ha vuelto a liar. Arréglalo tú. Mira lo que escribe este cliente. Mira lo que dice el jefe. Riámonos del jefe JAJAJA Ojo, no te rías del jefe.

Y así sucesivamente.

Calles de Maginhawa

Calles de Maginhawa

Los viajes por Filipinas habían sido, sin duda, el cúlmen de mi estancia. Filipinas es un país donde se puede hacer casi de todo: subir montañas, trekking, algo de surf, visitar volcanes… muy estimulante, pero quizá culturalmente algo limitado a verse dos o tres iglesias y algún fuerte español. Su pasado histórico es importante pero, lamentablemente, con no demasiados elementos que se puedan visitar sobre él (la mayoría fueron destruidos), y al final el turismo que más abunda es el de sol y playa (particularmente para los extranjeros) y el de montaña, al que los nacionales se están aficionando en los últimos tiempos.

Sin embargo, lo que más me había llamado la atención era la diversidad de actividades que se presentaban en la ciudad. Había podido acudir a obras de teatro, cafés de gatos, laser tags, ballet, spas en la montaña, barrios de restaurantes indies… Manila había resultado tener un amplio panorama cultural moderno que no había experimentado en otros lugares.

A pesar de todo, el corazón sentía que era hora de cambiar de aires, y eso que una parte de mí quería seguir investigando Filipinas por un tiempo. A pesar de haber viajado por el país no había explorado ni una pequeña parte de lo que podía ofrecer y la sensación que quedaba en mi boca era agridulce.

Rebel, en el teatro Aliw

Las experiencias de viaje no habían sido las únicas. Tras ocho meses compartiendo piso con mis amigos Javi y Nordy cada uno se había hecho su vida. Habíamos dejado el piso y yo, en particular, me había establecido en un condo cercano al trabajo, con un pequeño contrato firmado por una -repelente y avariciosa- casera que cada mes se dedicaba a intentar subirme el alquiler alegando razones locacionales. La casa, aunque de buenas proporciones, era vieja. Compartía piso con un par de ratoncillos que me apañé para echar de casa y unas repugnantes cucarachas que se las apañaron para echarme a mí.

Hubo también una temporada en la que vivimos como en tiempos de la regencia, aún en el otro piso: Tuvimos una maid, una sirvienta. Y aunque esto suene colonial es de lo más común en Manila. Ella era una muchacha que limpiaba y cocinaba para nosotros, y en fines de semana se marchaba a su pueblo. Cuando nos dimos cuenta de que sumergía nuestra comida en sacos de sal y de que el pescado frito que servía nos provocaba dolor en las arterias, tuvimos que enseñarle algunas recetas. No sirvió de mucho. En uno de sus escapismos de Houdini (que eran bastante numerosos, pues desaparecía sin dejar nota de ello) decidimos expulsarla del hogar definitivamente por alta traición. A partir de aquí conocimos a la que cariñosamente comencé a llamar como La Vieja Bruja. Se ganó el mote un día que llegó a casa, observó el fregadero, olfateó como un can y pronunció unas palabras de peso: “Esta es la casa más sucia que he visto en mi vida“. Tenía toda la razón del mundo.

Manila había visto pasar muchas cosas ya. Me había visto ir y venir, asentarme, hacer nuevos amigos que no olvidaré jamás y también conocer a mi actual pareja. Y, ahora que estaba listo para partir hacia Indonesia con un billete que hacía meses estaba comprado, algo en mi interior me decía que, contra todo pronóstico, ya no me quería ir. ¡Manda huevos! No quería marcharme de ese país al que llegué quejándome como un vulgar extranjero común, de ese país que no congeniaba conmigo y contra el que me enfurruñé nada más llegar por haber perdido mis ahorros en él de la noche a la mañana.

Boi he did it

¿Qué había cambiado entonces? Quizá fuera que ahora me había dado a una personita importante en mi vida, aunque mentiría si dijera que a pesar de su contaminación, de su tráfico insufrible, de la desesperante gestión social o la preocupante obsesión por aparentar de muchos de sus ciudadanos, al final Manila había crecido en mi interior. Manila era ahora un lugar más interesante en el que no me importaría quedarme más tiempo para ahorrar y viajar, pero por otro lado estaba un viaje que seguía llamando al a puerta de mis entrañas, cada vez con más fuerza.

Al final, me decidí.

Las luces del aeropuerto me vieron llegar con un petate cargado hasta arriba. La mochila que tanto había echado de menos llevar al hombro era ahora más pesada de lo habitual. El destino de mi billete era Denpasar, en Bali. La siguiente parada Melbourne, Australia. Pero, ¿era ese mi verdadero destino?

Las ruedas del avión se separaron del suelo cuando los motores alcanzaron la potencia suficiente. Alzó el vuelo en ese proceso tan maravilloso y casi mágico que es viajar en avión, y al que nunca llegaré a acostumbrarme. Indonesia era mi destino porque allí me encontraría con mi familia por unos días tras tanto tiempo separados, y también aprovecharía para conocer un poco mejor uno de los países que más fascinantes me habían resultado siempre y que llevaba mucho queriendo visitar.

A pesar de todo, algo me llamaba de vuelta a Filipinas. Pero bueno, ya sabéis. Lo mejor de viajar sin estar atado a fechas es que si te vas, sea a recoger frutas en granjas o a trabajar por cuatro duros en recepciones de hostales, o a lo que demonios sea… siempre puedes dejarlo. Siempre puedes volver.

De todas formas, eso es otra historia. Ahora tenía Indonesia por delante.

Graduado en Turismo, mis mayores pasiones son viajar por el mundo y practicar artes marciales. Buscador de aventuras y experiencias, otras de mis aficiones son el diseño gráfico, bucear, el snowboard, los cómics y la escalada.

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