La flor de Kumari

Habíamos llegado a Nepal desde China, atravesando el Tibet y los Himalayas con dificultad. Ahora, una vez en Kathmandu, final de nuestro trayecto, queríamos invertir el dinero de cada uno en forma de material necesario para alguna escuela local que realmente lo necesitara. Nuestra escuela de kung-fu, Shaolin Temple Spain, dedica parte de sus beneficios a la caridad con los más desfavorecidos, así que creíamos que era un buen momento para agradecer, representando de ésta manera, que nuestro viaje había llegado a buen puerto. Sin embargo, la ONG con la que habíamos hablado al principio del viaje no daba señales y no sabíamos a dónde acudir.

Una tarde, visitando el palacio de la diosa Kumari, en el centro de la ciudad, nos encontramos a unos niños pequeños guiados por su profesora. Accedimos al pequeño patio interior sostenido por columnas de madera y nos sentamos simplemente a observarles en el porche del mismo. Eran todos muy pequeños y muy lindos. A continuación entonaron una serie de canciones infantiles tradicionales, en lo que la profesora se me acercó a entregarme una flor naranja. Me dijo que la diosa misma, Kumari, se la había entregado a ella y ésta por su lado había decidido hacer lo propio conmigo. Dijo que ningún occidental obtenía algo parecido. Kumari es una diosa viviente, una niña pequeña que, según la creencia Nepalí, tiene el espíritu de la diosa morando en su interior. Cuando alcanza cierta edad éste espíritu de la diosa migra a otra niña y ella, entonces, vuelve con su familia. Durante éstos años, la niña vive en el palacio y es tratada con sumo respeto.

La flor de Kumari

La flor de Kumari

En éste momento recordé que buscábamos una escuela, y pensé que las cosas llegan cuando deben. Preguntamos a la mujer por la escuela y nos contó que era muy pobre, para los niños de familias que no podían costear otra escuela mejor, de manera que ella misma y sus hijas daban las clases a los niños. Así, le consultamos qué materiales podían necesitar los pequeños y qué más hacía falta en la escuela. Hicimos una lista, y a los dos días nos presentamos en el lugar. La escuela se llamaba Mountain Valley School, y se encontraba en el distrito de Matatirta, en las afueras de Kathmandu, junto a un verde y frondoso bosque que crecía arropado por una colina. La gente contaba que, por las noches, en ocasiones se oyen rugidos de leopardos y tigres.

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Nos recibieron con sonrisas y agradecimientos, y así llevamos diccionarios, cuadernos, bolígrafos, lápices de colores, vendas y betadine y algunas otras cosas que los niños necesitaban. Unos pocos caramelos incluidos, que los niños no dejan de ser niños, y agradecen más eso que cualquier otra cosa…

Finalmente les dedicamos unas palabras, les contamos acerca de Shaolin, de la web de viajes que llevamos y ellos nos dejaron unas cuantas direcciones para mantenernos en contacto y estrechar relaciones. Tuvimos la oportunidad de seguir jugando con ellos y conocer más la escuela hasta que el día llegó a su fin.

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