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Los peligros del viajero dogmático

Manila

Hace poco leí en algún blog una frase que me dió que pensar. La persona en cuestión no había disfrutado demasiado de la hospitalidad camboyana durante su estancia. Venía a decir que sus gentes no le habían resultado acogedoras. Que no sonreían tanto. Y luego lo obvio, que los lugares turísticos están muy masificados (como lo están casi todos los lugares dignos de conocerse) y tal, y Pascual. Vaya por Dios.

De un tiempo a esta parte vengo siendo testigo de este tipo de comentarios sobre éste y muchos otros destinos, particularmente del Sudeste Asiático. Mi frase favorita, que también viene a ser la que más se repite, es: “Los <insertar gentilicio> son muy simpáticos. Siempre sonríen“.

¿En serio? ¿Estamos reduciendo al mínimo común denominador de la sonrisa, la diversidad social y cultural de un país? Que no digo yo que no sea un rasero a tener en cuenta, no se me vayan a echar al cuello. Pero obviamente no debería, y no debe ser el único.

El caso de Camboya en particular me parece de lo más curioso. Es un país cuya historia más reciente está salpicada de hechos trágicos, cuya gente habla aún con mirada arenosa sobre aquellos acontecimientos, si es que dicen algo; un lugar en el que las calles aún respiran la pestilencia que dejaron los Jemeres Rojos… Alguno dirá que eso queda lejos, que la generación moderna no lo ha vivido. Pero sí lo han hecho. Son los herederos de las deudas que se dejaron. Los que tienen familia, lo tienen muy presente. Tanto es así que extraer alguna historia en primera persona de esa época terrible resulta de lo más complejo y, para ellos, doloroso. Y si no, que nos hablen de las fosas comunes que se llenaron durante el franquismo en España, hecho muy anterior a éste, y que algún compatriota afirme haber olvidado su existencia.

¿Puede entonces uno sentenciar a las gentes de un país de una manera tan simplista? Por supuesto, somos humanos y nos definen nuestras circunstancias. Si uno no se siente acogido, no se siente y punto. No seré yo quien trate de cambiar el sentimiento de otra persona. Pero creo que sí se puede hacer el esfuerzo de ampliar el espectro con el que se observa una situación, de entender las circunstancias y el contexto que moldea un país para evitar repartir dogmas tan sesgados como que la carencia de una sonrisa o de algunos gestos de apariencia amable hacen de sus gentes poco amigables. Tales comentarios sólo dejan a entender una cosa: que a los viajeros, por allí por donde vayamos, casi se nos tiene que hacer la ola al pasar. Y si no, vaya con la gente local. No son acogedores.

A este tipo de comentarios no le van a la zaga otros que caminan en sentidos opuestos, como los de aquellos que pasan dos días en un lugar visitando monumentos y ya hablan con los ademanes de un experto sobre la realidad socio-cultural de un país. Vienen veinte días a Filipinas, sólo pisan la playa, y es que sus gentes son un amor y una maravilla. Como he dicho, no voy a desdeñar de lo que otros han experimentado en un lugar, en todo caso lo celebraré. No se trata de la experiencia, sino de la actitud dogmática. No me gustan los dogmas ni aquellos capaces de realizar un juicio, de primeras, con detalles tan superficiales, y que luego te vendan una cosa con tan poca información de fondo.

Yo en Camboya encontré gente maravillosa por el camino, y también gentuza, que es como pasa en todas partes. En general el país me gustó. Aquí, en Filipinas, lugar del que todo el mundo habla maravillosamente, cuya sonrisa se avala y garantiza por turistas y medio mundo, yo no veo las cosas igual. Y no porque no me parezca un lugar fantástico o porque no sonrían, sino porque no coincido con las razones tan delgadas que se esgrimen a menudo para ponerlo en un altar.

En Filipinas he encontrado historias terribles sobre gente extremadamente ambiciosa capaz de hacer lo que sea por un poco de dinero, o por placeres que no le pertenecen. No entraré en detalles. Tampoco acepto lo de que “en las provincias se vive diferente que en la capital” porque, aunque en parte sea cierto, es donde más se asesina y se violenta la gente, ya sea por motivos personales o políticos. Y no, lo peor es que no hablo del presidente. Hablo de la gente de a pie.

He visto una sociedad consumida por la necesidad de aparentar. Una sociedad que su gobierno ha moldeado a propósito, disfrazándola con aires de modernidad para ocultar una desigualdad extrema. Un lugar donde los que tienen dinero desprecian a los pobres y donde los pobres, en vez de apoyarse entre ellos, pisan al prójimo por subir un sólo peldaño. Eso sí, siempre con la venia de Dios, que para algo somos católicos a muerte. Pero los valores me los guardo para otro día.

Esto no sólo es real, sino que ellos mismos lo reconocen y le dan un nombre: Crab mentality, o “mentalidad de cangrejo”, de la que hablaré algún día. Que un sector enano, quizá un 2 o 3 % de la población, sea el que tiene el poder mientras otros se mueren de hambre es desde luego el problema esencial de esta forma de ver la vida. También lo es cuando su gobierno prefiere fomentar la jerarquización social en vez de instruir mejor al que menos tiene, porque eso sería repartir poderes. Así creas y educas a una sociedad dividida, y sin mayor culpa de los que la componen, pero lo que es peor: provocas que esos se mueren de hambre lo hagan con un iPhone en el bolsillo. Porque hay que aparentar.

Y después de toda esta charla, ¿cual es la conclusión? ¿Es que pienso que las gentes de Filipinas sean despreciables, a pesar de esas sonrisas que todo el mundo disfruta? Para nada. Simplemente veo lo que hay. Gente cálida que me ha llenado el corazón por un lado, gente horrible que hace cosas deplorables por otro.  Gente, al fin y al cabo; como yo y cualquier otro. Personas que conviven con unas circunstancias. Los hay buenos y malos, y la mayoría no es ni lo uno ni lo otro. La mayoría, de hecho, está entre medias y tiene sus propias bondades, problemas, ambiciones, virtudes y defectos.

Y todo esto hay que entenderlo cuando se establece un juicio de valor similar. No vale sólo la sonrisa. Un pueblo no es amable sólo por eso. Nadie tiene la obligación de ir por la vida sonriendo a todo el mundo aunque sea de agradecer. Una sociedad es, al fin y al cabo, un microcosmos sumergido en uno más inmenso. Tal y como lo es el hombre. Y las sociedades, como nos ocurre a los hombres, no pueden ser catalogadas únicamente en base a una sonrisa o a un comentario. Aunque también cuenten.

Graduado en Turismo, mis mayores pasiones son viajar por el mundo y practicar artes marciales. Buscador de aventuras y experiencias, otras de mis aficiones son el diseño gráfico, bucear, el snowboard, los cómics y la escalada.

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