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Mindoro. Hacia el valle de los Mangyan

Mangyan

El golpeteo de la incesante lluvia marcaba una cadencia explosiva contra la lona azul que cubria el techo de la barcaza, que mas que surcar las olas casi parece que volara entre ellas. Mentiría si dijera que el viaje se hizo corto: las primeras horas en bus nos llevan al puerto de Batangas y una vez allí un ferry hasta White Beach, Puerto Galera, en la sureña isla de Mindoro, nuestro objetivo. Si esto fuera poco de por sí, en un punto indeterminado entre Sabang y este lugar, el capitán decide parar en unos muelles y llevarnos hasta allí en furgoneta, alargando aún más el trayecto. Con medio día de viaje, acabamos llegando a nuestro destino.

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Llegando a White beach

White Beach es un lugar algo denostado donde se puede disfrutar de una playa decente y de aguas claras sin tener que irse a islas como Palawan o Cebú, a relativamente pocas horas de Manila. A pesar de todo, las infraestructuras de la playa se limitan a una serie de casuchas con distintos restaurantes, tiendas de ropa y accesorios, bares y algún hotelillo de primera linea, todo a precios de escándalo para la calidad real que se oferta.

Para cuando llegamos el sol se está poniendo en el horizonte, unos muchachos juegan al volley en la arena, unos niños corretean con su familia y algunas parejas se hacen fotos. En general mi primera impresión es que White Beach es caótico, o que haya allí demasiado barullo. Me quedo observando la distancia, mochila al hombro: en la linea del horizonte se distingue cómo el verde fragor junglesco se abalanza en pico sobre los acantilados, unas nubes grises cubren parcialmente el cielo y, al menos, el fulgor del sol define una estampa cálida en el paisaje que adornan arenas plateadas.

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Nuestro hostal se encuentra pasando por unos estrechos callejones algo embarrados, repletos de tiendas de camisetas y techados con lonas y trozos de madera bastante rústicos. Allí conocemos al resto de los voluntarios, donde compartimos habitación y hasta cama los cuatro que hemos llegado juntos: Javi, Nordy, Roven y yo. Hemos llegado para colaborar con los Mangyan, una de las tribus más empobrecidas de Filipinas.

Los Mangyan: Indígenas de Mindoro

En la séptima isla más grande de todo Filipinas, Mindoro, existe una denominación étnica, “Mangyan“, que engloba a las ocho tribus indígenas que viven en toda su geografía. Sus características varían sensiblemente de una tribu a otra, aunque como rasgo general todas han resultado ser comerciantes en la mayoría de sus ámbitos. La mayor diferenciación que se hace entre ellas radica en sus creencias, ya que durante la colonización española unas tribus decidieron adoptar la religión cristiana mientras que otras se exiliaron al interior de la isla, manteniendo su religión animista en la zona más montañosa y de difícil acceso. A pesar de todo, ambos grupos coexistirían a través de una relación económica y mercantil amistosa. Con el tiempo las tribus animistas mantendrían un estilo de vida más sencillo, mientras que las que se establecieron en las costas, las que se abrieron a las influencias extranjeras tanto de chinos como occidentales, desarrollarían un estilo más perfeccionado de alfarería, escritura y confección de ropajes.

Así, los Mangyan se dividen en las tribus de Iraya, Alangan, Tadyawan, Tawbuid, Buhid y Hanunoo. Éstos últimos resultan ser los más curiosos: Hanunoo significa “genuino” o “verdadero”, y así se autodenominan ellos mismos por ser los que mantienen férreamente sus costumbres y tradiciones culturales más arraigadas. Entre los hanunoo fue también donde se desarrolló el ambahan, un estilo de poesía escrito en cañas de bambú en un lenguaje de hace cientos de años, anterior a la colonización y al sistema silábico occidental llamado Surat Mangyan. Este podría ser el más genuino sistema de escritura en Filipinas, así como los Mangyan uno de los pueblos originarios más puros del archipiélago Filipino.

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El Surat Mangyan

El problema actual de las tribus se basa en la seclusión de unas, que no logran adaptarse al devenir de los tiempos, y a la vez en el desarrollo que mantienen otras, llevando a la extinción las prácticas traidicionales de estas tribus. Los Mangyan se han caracterizado por ser una etnia pacífica, al contrario que los guerrilleros del sur y los cazadores de cabezas de Luzón. Las investigaciones dicen que tradicionalmente, estas sociedades premian el comportamiento pacífico, además de no establecer diferenciación entre clases y sexos.

Noche en vela con el ejército

Aquella tarde hay poco que hacer. Realizamos el voluntariado en colaboración con nuestra amiga Hardy y el Ejército Filipino, en concreto el Victrix Batallion, que aparte de darnos comida, transporte e infraestructura también ayudan a repartir todos los bienes que se están comprando. Como en ese momento se encuentran en camino para recoger a todos los voluntarios del hostal, aprovechamos esa franja de una hora para darnos un chapuzón en la playa hasta que la luz del día se agote.

En la lejanía del oeste se observa arder el sol en sus últimas horas, mientras que en el lado este un amasijo de nubes grises descargan rayos que se dibujan como líneas brillantes y retorcidas del cielo a la tierra. No tarda en caer una lluvia ligera sobre nuestras cabezas mientras el calor se mantiene y el sol sigue brillando. Resulta una experiencia extraña y espectacular.

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White beach

Hay mucha gente disfrutando del crepúsculo entre mar y lluvia. Unos tipos se rebozan en el barro como si fueran tritones arrastrados por la corriente, y unas muchachas de la mano saltan a coro cantando canciones dentro del agua. Hay que reconocer que los Filipinos son gente de lo más alegre y echada para delante que he visto en el sudeste asiático.

Cuando la lluvia se endurece nos marchamos al cobijo del porche de nuestro hostal, nos cambiamos y preparamos. Las furgonetas negras del ejército no tardan en aparecer, lanzando fogonazos con los intensos faros delanteros entre la oscuridad. Nos llevan al campamento militar. Allí, bajo tejados de madera al aire libre cenamos boodle fight, comida que se sirve sobre una hoja de plátano y se come con las manos. Poco después se sirve café.

Es hora de pasar a la acción: Aparte de un pequeño briefing sobre cómo tratar con los Mangyan nos explican nuestras tareas. Tenemos que empaquetar comida, juguetes, dulces y otros utilitarios por unidades y luego distribuirlo por cajas. Hay muchísimos suministros y nos organizamos todos como una cadena de montaje para trabajar mejor y más rápido; las proporciones para cada persona tienen que ser similares y equitativas. Las horas pasan y entra la madrugada, los paquetes se van apilando y luego las cajas van llenándose con ellos. Para las cuatro de la mañana hemos finalizado, bastante cansados pero contentos por el trabajo realizado. El día siguiente será más duro.

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Hacia las montañas de los Iraya

Los cuerpos pesan tras sólo tres horas de sueño, pero a las siete de la mañana ya nos encontramos realizando el primer trekking que nos llevará hacia la montaña donde habita la tribu de los Iraya. La pendiente es elevada, el suelo arenoso y el camino poco gentil. El sol brilla fuerte pero nos concede una pausa cuando aparece alguna nube que otra, reduciendo el sofoco y el sudor. Una hora después hemos llegado a una zona boscosa en la montaña, llena de palmeras y helechos. Poco más tarde, salen muchachos a recibirnos y llegamos a la escuela donde repartiremos todo lo que traemos. Veo caras de curiosidad, miradas intensas y sonrisas tímidas. Los niños siempre me han dado mucha ternura y es una alegría poder tener ésta clase de experiencia en Filipinas.

El día comienza con juegos donde cada uno tomamos un equipo y nos ponen a correr unos con otros, luego bailamos y cantamos canciones en Tagalog que ni siquiera conocemos. Los niños se ríen por ello. Nos han dado unas medallas de colores como agradecimiento, aunque el agradecimiento debería ser en la otra dirección. Esta experiencia está recompensando con creces el cansancio acumulado.

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Más tarde servimos la comida. Unos la reparten, otros la dividen y distribuyen los paquetes. La gente se apila para conseguir su parte, pero me asombra cómo se comportan con bastante civismo y educación. Más que nada porque éste pueblo ha resultado ser realmente pobre, la escuela utiliza sillas y mesas ajadas, algunas habitaciones no tienen puerta y las paredes necesitarían más de una mano de pintura y barníz. Las casas son más de lo mismo. Apenas tienen dinero para ponerse unas simples chanclas, y ¿sabéis qué? Aún se comportan con más educación que muchos occidentales. Más de uno de mi propio país y mi propia ciudad podría aprender un par de lecciones al respecto.

Al final de la media tarde repartimos los últimos juguetes y acabamos por despedirnos con cariño de los niños y las familias. Las rodillas nos revientan en el camino de vuelta, el cuerpo pesa como si arrastráramos sacos de piedras, pero todo se aligera cuando pasamos bajo una carpa de lona a comer otro boodle fight de arroz, pollo, cerdo y algunos vegetales. El día ha sido largo, pero ha valido la pena. De vuelta en White Beach, a última hora de la tarde, aún podemos disfrutar de la recompensa de darnos un baño de agua fresca y recordar todo lo que ha ocurrido durante un fin de semana intenso pero muy satisfactorio.

Graduado en Turismo, mis mayores pasiones son viajar por el mundo y practicar artes marciales. Buscador de aventuras y experiencias, otras de mis aficiones son el diseño gráfico, bucear, el snowboard, los cómics y la escalada.

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