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No me llames “señor”

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Las personas tenemos la tendencia natural a juzgar las situaciones y las circunstancias en que nos encontramos por la manera en que nos hemos criado o hemos crecido. Las influencias familiares, las amistades, las creencias, aquello que leemos, el entorno… todo cuenta. Unas veces nos ayuda a abrir los ojos. Otras nos mantiene ciegos.

Yo soy español. Vengo de un país que siempre, de una manera u otra, se encuentra en un torbellino de acontecimientos políticos. Pero no deja de ser el primer mundo. La mayoría tenemos un hogar, agua caliente en casa, todo tipo de alimentos en los supermercados, buen transporte público, seguridad social y, por lo general, es un país con unos niveles de criminalidad limitados. Otros me dirán lo contrario, o que no es para tanto, pero es porque no han vivido en un verdadero país del llamado tercer mundo. Y no hablo de viajar por uno y compadecerse de su situación, hablo de experimentar sus carencias en la propia piel.

A lo largo de estos dos años me he dado cuenta del condicionamiento que recibimos en occidente. La óptica sesgada que desarrollamos, a pesar de estar más o menos al día en cuanto a los eventos que suceden a lo largo y ancho del globo. Lo peor de todo es que creemos, erróneamente, que entendemos esos sucesos. Estamos tan pagados de nosotros mismos que sentimos lástima por su dolor, pero no experimentamos ese dolor ni de lejos.

Intramuros

En los países extranjeros se habla constantemente del escuadrón de la muerte del presidente de Filipinas. Yo estoy absolutamente en contra, vaya eso por delante. Pero, viviendo en un lugar donde en los barrios marginales la gente se mata por cuarenta euros, donde pagarse un simple análisis de sangre y orina y unas medicinas vale más de cien euros y si no tienes dinero te mueres en la calle, donde algunos trabajadores se parten la espalda doce horas al día por una botella de agua y un pan, o con mejor suerte, otros cien euros… ¿Cómo no vas a entender la situación? ¿Cómo no vas a entender que algunos busquen una salida por medios desesperados? ¿Cómo no vas a entender que, ante la escalada incontrolable de la violencia y el caos, existan medidas extremistas?

Es por eso me siento privilegiado de tener un hogar seguro al que regresar, en mi país, si mi vida se tuerce aquí. Otros no lo tienen. Si algo se tuerce para ellos, están a un paso de cruzar la línea de la ética. Pero desde el primer mundo seguimos con nuestros juicios morales, elevándonos por encima de los que menos tienen como si conociéramos todas las respuestas para ellos pero no nos quisieran escuchar.

Es como esa corriente espiritual que se pregona actualmente, eso del sintonizarse con el yo interior. Esa corriente Coelhista sobre la bondad, sobre cómo el universo nos prepara el camino si deseamos algo con mucha fuerza. Qué primermundista es ese pensamiento. Cómo nos gustamos a nosotros mismos.

Recuerdo aquel paseo por Tondo, uno de los barrios más subdesarrollados y marginales de Manila, donde cada dos metros encontraba vagabundos hechos polvo entre calles de chapa y madera. Recuerdo la mirada de una mujer harapienta y sucia, sosteniendo un niño famélico entre sus brazos, pidiendo dinero. Recuerdo que pensé en Dios y en el Universo. Dudo que haya nadie que desee algo con más fuerza que esa mujer, pero no me pareció que el Universo estuviera escuchando demasiado. Será que no hacían caso de los consejos que teníamos para ellos.

Con esta actitud a la que me refiero caminamos por el mundo los que pertenecemos a sociedades preferentes, siempre en mayor o menor medida. Y si eres rubio y con la piel blanca, hazme caso, te ha tocado el premio genético. Eso es otra cosa que he aprendido aquí.

Desde que vivo en Filipinas estoy acostumbrado a que me llamen “señor” (sir). Incluso las personas mayores. La gente me sonríe por la calle, me abren las puertas de los comercios, me dan prioridad en muchos aspectos, ligar es condenadamente fácil, si me pierdo me ayudan por la calle… ¡Qué simpáticos! ¡Nadie me había tratado con tanta amabilidad en todo Asia!

Intramuros

Esto es bastante común aquí, y una de las razones por las que a los extranjeros les apasiona Filipinas. No hay más que ver los comentarios de la mayoría de los viajeros, o las opiniones de algunos que vinieron y decidieron quedarse por aquí. Hazme caso, no hay otro lugar en Asia donde te vayan a tratar con tanto cuidado. Pero, donde muchos disfrutan de este trato preferente, a mí me extrañó desde el primer minuto. ¿Por qué habría nadie de tratarme así? ¿Qué tengo de especial?

Que soy occidental. Os  va a parecer raro. Me diréis, “no hay nadie que no disfrute de un trato preferente“. Obviamente es agradable, y uno tiene sus batallas internas… pero si no me lo he ganado, no me gusta recibirlo. Es así de simple. Siento que no es lo correcto. La amabilidad no debería conocer de tonos de piel ni nacionalidades. No debería surgir por ser yo occidental y otro filipino, tailandés o subsahariano. Debería surgir por el mero hecho de ser personas.

Es cierto, los filipinos son gente amable. Pero la razón principal de que en Filipinas recibamos este nivel de trato con respecto a otros países asiáticos no es otra que la mentalidad colonial. Esto no lo digo yo, lo dicen ellos mismos y lo he hablado con muchos de mis amigos locales. Y es culpa nuestra. De los colonos, de los invasores.

En Filipinas, la colonización española duró más de 300 años para que tras la revolución filipina entraran los americanos a traición. Estas cosas pasan cuando subyugas a la gente y les haces creer que es por su bien. Así es como se olvida una sociedad de que, durante la ocupación americana, una población de nueve millones de personas quedó reducida a menos de ocho. Y que esto tuvo un nombre: Genocidio filipino. Y si lo mencionas, muchos se encogen de hombros. Es a través de la política de represión como haces que la gente a la que has matado sigan tomándote como un ejemplo. Pongo como ejemplo a américa por los hechos en particular, pero el trato preverente sirve para cualquier occidental, especialmente de piel blanca.

No quiero perpetuar este estereotipo. No quiero que se me trate de forma preferente, porque entiendo que es permitir que un error social siga sucediendo. Yo no soy mejor que ellos, ni que cualquier otro. He venido a vivir y trabajar a su país, me han dado cobijo y aún así me tratan de forma especial. Solo quiero ser uno más en medida de lo posible, y que la amabilidad surja de la simple personalidad, no porque albergo cierto rasgo genético. Por eso, al igual que hacen ellos, soy yo quien les abre las puertas, llamo a su ascensor, les ayudo si les veo cargados, aprendo los nombres de aquellos con quien trabajo, doy propina a quien se la gana, sonrío a la gente, y trato, en medida de lo posible, que dejen de llamarme “señor”.

 


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Graduado en Turismo, mis mayores pasiones son viajar por el mundo y practicar artes marciales. Buscador de aventuras y experiencias, otras de mis aficiones son el diseño gráfico, bucear, el snowboard, los cómics y la escalada.

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