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Victoria’s Peak y las últimas luces de Hong Kong

hong kongRascacielos de neón

Ya me había hecho a la idea. El horrible clima que había comenzado el día anterior repleto de vientos huracanados y lluvias torrenciales no iba a perdonarme ni una sola jornada más, tal y como el parte climático ya había sentenciado aunque yo me negara a creerlo (siempre que el parte climático está en mi contra decido que se va a equivocar, así, sin razón alguna). Sin embargo, aquella mañana la furia de la época de lluvias había hecho una breve pausa para dejar paso a precipitaciones de menor calado.

Son apenas las nueve de la mañana. Aparte de las lloviznas espontáneas una pátina de niebla cubre la ciudad y, aunque ante tal panorama esto pueda sonar a un fresco y romántico día londinense, el calor húmedo y pegajoso resulta tan angustioso que trae de vuelta al sudeste asiático de un bofeton.

Tras hacer una batería de preguntas en el hostal y consultar en internet, todo apunta a que ir a Victoria’s Peak ese sábado con aquel mal día en ciernes no es una buena idea, pero como las guías lo consideran una visita obligada y las ideas “no buenas” suelen atraerme en exceso, pues al final voy igualmente. Tengo curiosidad por ver el lugar en un día lluvioso: En mi mente se mantiene viva la idea de que quizá con ese clima las nubes floten por debajo de la cima y sea posible ver un paisaje de impresión y tirar algún fotón de calendario.

Hong Kong

Hong Kong desde Victoria’s Peak

Para cuando llego, la reflectante e inmensa estación de buses de Central está casi vacía, como un monstruo de acero gigante con una boca descomunal y abierta. René ha decidido venir un día más y su alegre compañía es más que agradecida. Dice que hace años que no sube por allí y que le hace ilusión hacer algo de turismo por su propia ciudad. Por mi, encantado.

El autobús local cuesta menos de diez dólares (medio euro) y tarda en torno a cuarenta o cincuenta minutos en subir las empinadas cuestas de la isla de Hong Kong, entre verdes árboles que pendulan sobre las estrechas carreteras, pisos de verdadero lujo y la constante inmersión entre nubes esponjosas de las que luego emergemos de nuevo. Las escarpadas colinas se construyen unas sobre otras agolpadamente, la vegetación de color jade chorrea por sus bordes a medida que ascendemos. Para formar parte de una de las ciudades más frenéticas del mundo, ésta zona resulta definitivamente refrescante. El paseo es bien agradable, los asientos cómodos y el autobús nos deja directamente en la cima de la montaña donde hay… ¡otro centro comercial!

Ya me he hecho a la idea de que en Asia todo gravita en torno a los centros comerciales, así que esto no produce mucho impacto en mí. Según parece hay un mirador gratuito en la última planta, por lo que subimos a echar un vistazo. Arriba puedo comprobar que, efectivamente, hemos conseguido ascender por encima de las nubes, aunque estas son borrosas y difusas por lo que el fotón de calendario no queda tan bien como esperaba. Un poco más allá veo una torre que forma parte del mismo centro comercial, donde se anuncia el “mejor mirador”, llamado Sky Terrace. Por supuesto, allí clavan unos 40 dólares (casi cinco euros) por nada más que la entrada y como voy con la pasta justa y en general no suelen gustarme esos abusos tan gratuitos, oteo a ver si puedo colarme por las taquillas sin que me vean, cosa que no llega a ocurrir por la profusa vigilancia. Esto es lo que yo llamo moralidad del bolsillo, puesto que si tuviera dinero de sobra es probable que hubiera pagado por subir y hacer una buena foto (también habría que verme en esas circunstancias…) pero yendo ajustado todo gasto que se exceda de mi cálculo se me antoja molesto, desconsiderado y capitalista.

Hong Kong

Caminos envueltos en niebla

Hong Kong

A la salida del edificio no hay mucho más que hacer, y como la montaña que se alza por detrás nos resulta atractiva y ella quiere mostrarme un parque cercano, decidimos perdernos por las carreteras que ascienden entre los árboles. Para entonces, la niebla se ha densificado y no se ve nada a cinco metros; el paisaje bien podría asemejarse a un bosque escocés, si uno no tiene en cuenta la cálida humedad veraniega de Asia y esos chinos en mallas paseando con sus palos selfie. El paseo se hace largo y las empinadas cuestas nos ponen a sudar pronto. René decide que está hambrienta y yo siempre lo estoy, asi que decidimos hacer el camino de vuelta hasta el centro comercial, donde tomamos una sopa de fideos con shomai de gambas, un plato típico de allí, para luego regresar hacia la parte baja de Hong Kong.

Allí me sorprendo con un agradable paseo por las calles de Wan Chai más allá de Central y un pequeño trayecto por menos de medio euro en una de las líneas de tranvía que aún opera por la zona de la isla de Hong Kong. Puede que Hong Kong sea en general caro pero, como pasa en la mayoría de las ciudades insignia de Asia, tiene también su truco para abaratar gastos en el día a día, pues es una más de esas que experimentan una amalgama entre pobreza y riqueza donde convive el consumismo más excesivo junto a la humildad de una vida tradicional centenaria que no acaba de extinguirse.

Así viajamos hasta el templo de Man Mo, que se encuentra arropado entre gigantes rascacielos de hormigón en una diminuta y estrecha calle que se pierde a través de un barrio de casas bajas donde parecen predominar las viejas tiendas de antigüedades. Allí la mercancía está expuesta en el exterior, veo estatuillas de buda, pinceles pequeños y enormes de grandes cerdas blancas, pergaminos, tocadores de madera, adornos de jade rojo y verde con formas de leones, tortugas o dragones y muchas otras cosas que diferentes vendedores, en general todos de avanzada edad, me señalan para que pase por caja pero sin poner mucho entusiasmo en la venta.

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Man Mo

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Una vez en el templo, se respira la fragancia del incienso que arde en unas enormes espirales colgantes desde el techo, formando una compleja y extravagante red que abarca toda la sala y filtra la escasa luz de unos diminutos ventanales rectangulares. Unas escaleras rojas y ajadas ascienden hasta el altar principal. El ambiente vetusto y apagado que allí se concentra, únicamente iluminado por decenas de velas y lamparillas colocadas por toda la sala, me hace evocar en cierto modo a los antiguos templos de Tíbet. Este, a pesar de ser relativamente moderno (se construyó en el 1847), aún transfiere esa sensación de haber realizado un salto temporal cuando uno camina por sus tranquilas estancias.

Realizo una plegaria en el altar mayor con un par de varillas de incienso, me toco la frente y las deposito en la pila de tierra frente a mí. Al parecer aquí acudían estudiantes durante la China imperial para orar por aprobar los rigurosos exámenes de funcionario de la época, pues el templo está dedicado tanto al Dios de las Letras (Man) como al Dios de la Guerra (Mo), lo que me parece una curiosa combinación.

El día no se alarga mucho más. Tomamos un par de cafés, compartimos trayecto hasta Yau Ma Tei pero René se queda en el tren. Le prometo que volveré pronto a la ciudad ya que al día siguiente es lunes, ella trabaja y no podemos quedar antes de que me vaya. Le agradezco su amable y divertida compañía durante todos estos días y finalmente me bajo del vagón para arrastrar los pies hasta el hostal. Como he dicho, el día no resulta mucho más largo: ceno algo en el restaurante de las manchas de grasa que tan familiar me resulta, compro un té con leche y subo a la habitación a leer hasta quedarme profundamente dormido.

Mi último día en la ciudad pasa como deberían pasar todos los últimos días de vacaciones: en tranquilidad, sin acelerones, sin prisas. Me despierto con tiempo, desayuno con calma y quedo con Alegría para dar un paseo por un parque agradable que hay de camino a Tsim Sha Tsui. Vemos flamingos y un estanque precioso que parece fuera de lugar, un remanso de paz entre las agitadas calles asfaltadas de esta ajetreada ciudad. Paseamos hasta el Garden of Stars que hay al este de Victoria’s Harbour, en el llamado East Promenade. Allí veo por fin la famosa estatua de Bruce Lee y también las huellas de las manos de algunos actores muy famosos del panorama de Hong Kong, como Andy Lau, Jackie Chan, Yuen Biao, Gong Li o Sammo Hung. No me sorprendo al reconocer a una buena parte de los mismos: soy un pedazo de friki del cine oriental y es lo que hay.

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Los jardines

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Mi legendaria mano en la legendaria huella de Jackie Chan

Nuestra última parada del día es en Chungking Mansion, un inmenso edificio que resulta ser un hervidero de restaurantes indios diminutos con aspecto de mal aguero, tiendas de telefonía donde todo es más falso que un billete de 15 euros con la cara de Peppa Pig y modistas que casi te abducen para que pases y te hagas un traje por el que no tienes interes alguno.  En la segunda planta tomamos una comida india, cosa que muchas guías, curiosamente, recomiendan, y la verdad es que resulta ser todo un acierto.

Alegría debe marcharse después, puesto que su vuelo sale esa misma tarde y tiene que volver al hotel a hacer la maleta. Me despido de una maravillosa compañera de viaje con la que jamás tengo un momento de aburrimiento y la dejo marchar. Tengo una gran suerte de haber podido disfrutar de ésta ciudad con dos personas formidables y haberme sentido gracias a ello como uno más en la ciudad.

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Rascacielos de neón

Paseo por las calles, echo un vistazo a las tiendas, miro las caras de la gente con las que me cruzo. La luz del día se agota lentamente, mientras tonos violetas pintan un cielo cada vez más oscurecido. He llegado a la bahía, dicen que hay un espectáculo de luces a las ocho. Me siento sobre un poyete del puerto a observar los barcos pasar. Me quedo mirando uno de esos veleros que parecen tener alas de murciélago rojas, desplegadas, a punto de batir en  cualquier momento, los llamados junk. Me encuentro relajado y muy a gusto, si fumara como hacía antiguamente sería un buen momento para encenderme un pitillo, pero ya no lo hago. Mucho ha cambiado desde entonces, pienso. ¿He crecido? ¿He aprendido algo en estos años sobre mí mismo? Una de las cosas que he notado es que veo el mundo con algo más de melancolía pero con la misma ilusión. El espectáculo de luces no es tal espectáculo, ni las luces llegan a serlo propiamente. Al final es lo de menos. La vida es maravillosa.

Graduado en Turismo, mis mayores pasiones son viajar por el mundo y practicar artes marciales. Buscador de aventuras y experiencias, otras de mis aficiones son el diseño gráfico, bucear, el snowboard, los cómics y la escalada.

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